viernes 20 de junio de 2008

¿Competimos o empatamos?

“Cuando los ingleses introdujeron el fútbol, los tangu de Nueva Guinea se negaron a jugar si no se cambiaban antes las reglas del juego. A los tangu no les gusta que haya ganadores y perdedores, por lo que hubo que cambiar la finalidad del partido. Lo importante era empatar, y jugaban hasta que lo conseguían. A veces, hasta varios días.”
(Magazine – La Vanguardia)

Qué diferente el valor del “igualitarismo” de la cultura tangu al valor de la “competición” de las sociedades occidentales. A los tangu la idea de derrotar al equipo contrario compitiendo les perturba, porque creen que genera sentimientos negativos entre los participantes. A nosotros un juego así nos parecería que no tiene sentido ni emoción.

Está claro que en toda competición, aunque se trate de un “simple” juego, siempre hay ganadores y perdedores, y los sentimientos son bien diferentes y confrontados. El éxito de uno implica el fracaso de otro.

En nuestro mundo desde que nacemos estamos acostumbrados a competir y lo vemos como algo natural, incluso ser competitivo se ve como algo positivo. Nuestra vida es una eterna competición: competimos por el amor de nuestra madre, en el patio del colegio, por los juguetes, por obtener las mejores notas, en la entrevista de selección laboral, por quién aporta más en la relación de pareja, por un ascenso, en el gimnasio a ver quien hace más abdominales… Competir y ganar, aunque no siempre es posible y entonces queda el gusto amargo de la derrota y nuestra autoestima por los suelos. Además, competir es estresante. El miedo al fracaso genera angustia, miedo… Y competir nos hace más individualistas, nos impide compartir nuestros conocimientos, colaborar con otras personas, vemos a los demás como enemigos a batir…

¿Competir es inevitable? ¿Es parte de nuestra naturaleza humana? Porque la cultura tangu nos dice que quizás otra forma sea posible… Y no son los únicos, hay diferentes culturas donde la cooperación es premiada y la competencia evitada: están los esquimales de Canadá, los Kibbutzim de Israel, los campesinos mexicanos... Medio siglo atrás, Margaret Mead descubrió que la competencia era prácticamente desconocida entre los Zuni y los Iroquíes, de América del Norte, y entre los Bathonga, de Sudáfrica. Desde entonces, los antropólogos han confirmado que la sociedad occidental es más la excepción que la regla.

“Aún cuando es obvio que la cooperación es la mejor estrategia, muchas personas prefieren competir a cooperar“ (Freedman).

1 comentarios:

Marga V. dijo...

Aunque no venga exactamente a cuento, te dejo un regalito en mi blog (reflexiones y cositas: meme de la felicidad) que me dejaron hace unos días, sin compromiso alguno.

un abrazo,
Marga

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